A TIROS EN LA SEAT: CARENCIAS AL DESCUBIERTO

2016-10-18-photo-00002165

Treballadors de la SEAT commemoren l’assassinat d’Antonio Ruíz Villalba el 1971. Al barri de la Marina, on hi havia el habitatges dels treballadors de la fàbrica, hi ha des d’avui un passatge que porta el seu nom.

Un dels protagonistes recorda així els fets

Las cosas en la SEAT se estaban poniendo feas. Desde que comenzaron los conflictos laborales en la primavera de 1971, el gobernador había ordenado que se estableciera un servicio permanente en el exterior de la factoría; los pocos policías que estaban de servicio en la madrugada del día 18 de octubre informaron que la situación se estaba agravando. Advirtieron que, sobre las 05.30 horas, se había reunido en la puerta de acceso a la factoría un grupo formado por productores despedidos y algunos otros miembros de CC OO de otras empresas, con seguridad algunos de La Maquinista; también dijeron que varios de ellos iban ataviados con monos de SEAT, pero de la dirección les dijeron que no pertenecían a la empresa. Al intentar los porteros impedirles el paso, los arrollaron y dos vigilantes fueron contusionados.

Las causas de estos incidentes estaban relacionadas con los despidos de veinte trabajadores, motivados por el conflicto de mayo y junio del año anterior. La Magistratura dcl Trabajo obligó a la empresa a readmitirlos o a indemnizarlos, y la SEAT optó por esto último. El capitán Castro había reunido a las 06.00 horas a dos secciones (de treinta y ocho hombres cada una) de la 2ª compañía de la 41ª Bandera, sita en la plaza de España. Advirtió a sus subordinados que en un momento saldrían en dirección a la SEAT junto con un pelotón de «agresivos químicos» compuesto por trece hombres (denominación trasladada del Reglamento de Infantería, cuando en realidad sólo disponían de botes de humo y algunos lacrimógenos) y dos escuadras de Caballería (diecisiete hombres). Los policías subieron a los vehículos con la rutina de otras veces: la bota de vino, los bocadillos, la novela…

A las 07.00 horas llegaron a la puerta de la factoría las dos secciones y el pelotón: allí se encontraron con las dos escuadras de Caballería procedentes del escuadrón de Casarramona de la calle Méjico. Un inspector de la Brigada Social informó al capitán de la situación. El grupo que forzó la entrada se había metido en el taller número 1, donde trabajaban unos mil quinientos empleados. Les arengaron con el asunto de los despidos y consiguieron que se sumaran a la huelga. El mismo grupo, junto con unos cuantos productores de ese taller, organizaron piquetes y se trasladaron a las distintas dependencias, consiguiendo el mismo resultado en todas ellas.

Una vez se hubo marchado el inspector, el capitán se entrevistó con los responsables de la empresa que se encontraban presentes, para acabar de tener una idea de la situación. Los directivos estaban temerosos, consideraban que el personal de la empresa estaba muy encrespado y dispuesto a crear un problema grave. Opinaban que lo mejor sería negociar. Pero si ellos excluían la posibilidad de ceder en la cuestión de los despidos, el capitán no podía negociar más que los minutos a darles para que se disolvieran.

A las 09.00 horas, el paro alcanzaba ya a unos diez mil productores. Grupos numerosos se manifestaban por el interior de la factoría invitando al resto a que se uniera a la huelga, profiriendo gritos contra la dirección de la empresa y contra las autoridades políticas, mientras se dirigían a las oficinas centrales. En poco tiempo todo el personal estaba en huelga. A las 10.00 horas se reunieron en la explanada central de la fábrica unos tres mil trabajadores, que, de momento, adoptaron una actitud pasiva y se limitaron a escuchar las arengas de algunos de sus compañeros.

Dado el cariz que tomaban los acontecimientos, se hizo cargo del mando el comandante de servicio y se incorporó a la fuerza una tanqueta lanza-agua con un pelotón de escolta, así como tres escuadras más de agresivos químicos. A las 11.55 horas, acudieron dos inspectores de trabajo, que se entrevistaron con los jurados de empresa, sin obtener ningún resultado positivo.

Al poco se oyó el mensaje de la dirección a través de los altavoces:

Habla la dirección. En vista de que han fracasado todos los intentos de acuerdo con los representantes sindicales, se pone en conocimiento de todo el persona de la empresa que si en un plazo de quince minutos no se reintegra a sus puestos de trabajo o abandonan la factoría sin incidentes, por orden de la autoridad gubernativa penetrará la fuerza pública para desalojarla.

Se podían haber ahorrado el cuarto de hora, pues los trabajadores no habían llegado hasta ahí para irse a la primera amenaza. El comandante ordenó el despliegue para la carga: lo hizo con tres secciones en línea y una cuarta retrasada en reserva; después determinó la dirección de la carga, el punto de reunión para cada sección una vez finalizada la acción y el lugar de traslado de detenidos, aunque fijó el criterio de no detener a nadie si no resultaba inevitable. En cuanto a los botes de humo y las granadas lacrimógenas, todo dependería de cómo se sucedieran los acontecimientos, pues la orden de empleo de esta unidad la daría él mismo. Recordó las normas referentes a que ningún policía se alejara de su unidad, que fueran éstas compactas y que no hicieran de las agresiones e insultos nada personal. El grupo de trabajadores concentrado en el centro de la plaza sumaba ya unos cinco miI.

A las 12.15 horas, a la orden del comandante, las secciones iniciaron su marcha al paso; cuando faltaban unos metros para el choque, los huelguistas comenzaron a desalojar la explanada central sin ofrecer ningún tipo de resistencia. Se formaron grupos que iban distribuyéndose por los talleres: en el nº 1 llegaron a concentrarse unos dos mil trabajadores.

La maniobra de los productores no le gustó al coman- dante, que supuso que la tenían preparada después de tanto tiempo de espera. La fuerza se concentró en el centro de la explanada esperando la orden de penetrar en los talleres o de abandonar la fábrica. La autoridad gubernativa optó por dar tiempo a que los huelguistas tomaran la decisión de desalojar la factoría voluntariamente. Las secciones recibieron la orden de replegarse hacia la puerta, aunque quedó una unidad dentro. A las 13.30 horas, un número no determinado de obreros abandonaron las dependencias de la SEAT; no era fácil de calcular cuántos habían quedado dentro, dado su diseminación en distintos locales y talleres, pero desde luego eran más de la mitad de los cinco mil que se habían concentrado anteriormente en la plaza. El grueso de ellos se encontraba en el taller nº1.

A las 14.00 horas fue llegando el turno de la tarde en los autocares de la empresa que tomaban en la plaza de España. No se les dejó entrar y se devolvieron los vehículos a Barcelona. A esa misma hora se personaron en la SEAT el jefe superior y el teniente coronel Apestegui, jefe de la 4ª Circunscripción de la Policía Armada y, con ellos, llegaron a reforzar los efectivos policiales dos secciones: un pelotón, tres escuadras de agresivos químicos y dos escuadras más de Caballería. A las 14.30 horas, dado que los huelguistas no deponían su actitud, el teniente coronel ordenó al comandante que desplegara la fuerza y desalojara la fábrica.

Era el momento crítico. La decisión que se tomara entonces iba a condicionar el éxito de la actuación policial: la correcta consistiría en ir desalojando los talleres uno por uno, concentrando el esfuerzo en cada uno de ellos; la equivocada era la de diseminar la fuerza e intentar desalojar varios talleres a la vez.

Dos secciones entraron en el taller nº 1, al mando del capitán Luis Melero, donde se encontraban encerrados dos mil operarios; nada más hacerlo recibieron una lluvia de tornillos, ejes, tuercas y demás material de trabajo que habían almacenado. La agresión fue muy violenta: su «armamento», mucho más contundente que e empleado por la Policía Armada y, además, disponían d una superioridad numérica aplastante. El teniente que mandaba la sección, que entró en primer lugar, recibió del capitán la orden de retroceder, a la vez que esquivaba un consistente objeto, muy parecido a una dinamo.

En vista de la situación, el comandante decidió utilizar los gases lacrimógenos antes de volver a entrar. Era un medio peligroso de emplear si no se hacía a larga distancia; a corta, como era el caso, se corría el riesgo de que los propios agentes sufrieran sus efectos: las máscaras antigás de que disponía el Cuerpo eran viejas, cuarteadas, ofrecían poca protección y, por ello, casi nunca se llevaban de servicio. Pero en esas circunstancias era preciso arriesgarse: no había otra forma de desalojarlos que hacerlos huir. Una sección abrió paso a dos pelotones de agresivos químicos; entraron éstos y lanzaron, en muy poco tiempo, todo el arsenal que transportaba cada uno en la bolsa de costado. En un principio los huelguistas intentaron resistir en el taller: rompieron los cristales de las ventanas, se pusieron pañuelos en la cara, pero, al poco, tuvieron que abandonarlo, repartiéndose por el resto de dependencias.

El primer error consistió en no detener o agrupar a los que escapaban, para obligarles a salir de la fábrica; el segundo, y más grave, la diseminación de la fuerza por toda la factoría, en persecución de los distintos grupos. El complejo industrial era de extraordinarias proporciones: se alineaban enormes naves, que dejaban entre ellas calles de veinte metros de anchura, formando el conjunto como una pequeña ciudad, hasta el punto de que el helicóptero no era capaz de localizar a los policías. Las unidades. dispersas, recibían agresiones muy violentas por parte de unos huelguistas crecidos al sentirse superiores en el enfrentamiento con la fuerza pública. Una sección que se introducía en un taller pronto se rompía en escuadras atraídas por pequeños grupos, siempre mayores que estas unidades, dotados de un material agresivo mucho más violento, conocedores del espacio en que se desenvolvían y con una ligera organización. Comenzaron a quedar tendidos en el suelo policías alcanzados por piezas y herramientas y, en alguna ocasión, por barras de hierro. A los caballos les echaban bolas de acero en el suelo para que se cayeran.

El comandante tuvo que emplear las unidades de reserva. Las escuadras de Caballería cargaban por todas direcciones. La situación se le estaba yendo de las manos al jefe de servicio. Las distintas unidades no recibían órdenes concretas de sus mandos, y en aquellos momentos actuaban por las zonas a las que les habían arrastrado los huelguistas.

El relevo de las unidades era necesario, llevaban ya casi tres horas con los enfrentamientos, el número de bajas era notable y las fuerzas flaqueaban. Claro que los trabajadores también tenían muy mermadas las suyas; además, eran sabedores de que sobre ellos caerían las consecuencias judiciales y laborales, aparte de que contaban igualmente con un buen número de heridos, que abandonaban la fábrica como podían para no tener que ser curados en la empresa y, naturalmente, fichados.

A media tarde se oyeron unos disparos por el fondo de la factoría; un poco después se sintió la sirena de una ambulancia que a toda velocidad se dirigía al lugar donde habían sonado los disparos. Un cabo primero de un pelotón de agresivos químicos que había consumido toda la munición se incorporó a la sección del teniente Costas, le informó de que a un obrero le habían pegado un tiro en el estómago y que se lo llevaban muy grave. El autor había sido un policía de Caballería que, junto con otro compañero, había sido acorralado por un numeroso grupo de productores; les tiraron de sus cabalgaduras y, cuando se les echaron encima, uno de ellos disparó con su pistola. Un grupo de policías cercano, al oír los disparos, acudió al lugar y pudo rescatar a sus compañeros, que estuvieron a punto de ser linchados.

Los mandos temieron que el luctuoso incidente fuera a agravar las cosas: se alertó a la fuerza para que tomara las mayores medidas de seguridad, se incorporó al servicio un helicóptero, de escasa utilidad en un conflicto como aquél, y a las 17.30 – tres horas después de haberse iniciado la acción policial – llegó otra sección de refuerzo, de la 42.ª Bandera, con sede en la Verneda. Después de un constante enfrentamiento por distintos lugares de la factoría, se empezaron a apreciar síntomas de cansancio en los trabajadores: se movían menos de sus lugares de refugio, comenzaban a huir de los enfrentamientos con la fuerza, y algunos abandonaban saltando la verja.

Un grupo de cuatrocientos obreros se refugió en el taller nº 7. El capitán Melero ordenó a dos de los tenientes de su compañía que le siguieran, con sus respectivas secciones, para desalojarlo, convencido de que si lo lograban se acabaría el problema. El capitán les pidió el último esfuerzo para desalojar el taller, les volvieron a recomendar a los policías que actuaran todos juntos pendientes de sus órdenes, les avisaron de que, por cansados que estuvieran, los trabajadores no se iban a quedar quietos, que era probable que estuvieran desesperados, al ver que sus compañeros abandonaban la lucha, y que tuvieran una última reacción violenta.

AI entrar la primera sección, una lluvia de piezas de acero volvió a caerles encima. Tuvieron que retroceder y refugiarse tras unas mesas de trabajo. El capitán llamó a un pelotón de agresivos químicos para que acudiera con los últimos botes de humo que quedaban. La primera sección volvió a avanzar facilitando el paso al pelotón, que agotó la poca munición que le quedaba. Los obreros comenzaron a levantar los brazos, pues ya no se encontraban con fuerzas para seguir luchando. Se practicaron algunas detenciones, al resto se les obligó a salir de la fábrica. En unas zonas los huelguistas saltaban la verja para evitar ser detenidos, mientras otros lo hacían por cualquier otro lugar que no fuera la puerta principal, donde eran controlados.

En el fondo de la factoría, donde se había producido el herido de bala, una unidad policial luchaba aún a brazo partido con un grupo de unos doscientos obreros. El capitán Castro se dirigió con las secciones –mermadas en dos policías más, heridos en la última refriega– que le siguieron para apoyar a la unidad implicada. No fue necesario, porque los huelguistas sacaron en ese momento trapos blancos en señal de rendición.

Las unidades comenzaron a tomar novedades: heridos, detenidos, pérdidas de material y equipo, pruebas, etc. A las 19.30 –cinco horas después de haber comenzado– quedó la situación normalizada, con un triste balance de un muerto por un disparo (el obrero Antonio Ruiz Villanueva), un indeterminado número de heridos por parte de los huelguistas, de imposible concreción, dado que no se curaron en centros asistenciales nada más que los más graves. En la fuerza actuante resultaron heridos dos jefes, tres oficiales, un comisario, un suboficial, seis cabos y diecisiete policías; entre ellos, uno con fractura del maxilar y dos de Caballería con fractura de pie y tibia, respectivamente, que fueron atendidos en un primer momento por el teniente médico Lasarte sobre el terreno.

Ese día 18 fue el acto final en forma de tragedia de una historia que dio comienzo en mayo de ese año. A causa de las modificaciones de horarios, habían parado los talleres 1, 4 y 7; la empresa despidió a veinticinco trabajadores, y la respuesta fue el paro de los catorce mil de la empresa. El conflicto se acabó en junio cediendo la SEAT en algunas cuestiones. En octubre se volvió a la huelga porque la empresa se negaba a readmitir a unos veinte despedidos. Unos días antes al día 18, se produjeron algunos pequeños incidentes en las paradas de los autobuses de la plaza de España, pues los trabajadores se negaban a tomarlos. En la jefatura se tuvo conocimiento de que unos empresarios italianos de la FIAT habían traído consignas para dictar a CC OO, con el objeto de desestabilizar la empresa.

 

Julián Delgado

Los grises. Víctimas y verdugos del franquismo.

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